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11/06/2006 | Deportes

Mussolini tuvo su Mundial y su campeón

BERLÍN.- El éxito de la primera edición del Mundial en Uruguay 1930 levantó el interés de Europa y especialmente Italia, cuyo régimen fascista aprovechó la oportunidad para promocionarse como perfecto anfitrión y campeón, aunque sin poder eludir la polémica.
La maquinaria estaba en marcha, y el Mundial comenzó a crecer. El presidente de la FIFA, Jules Rimet, tuvo que “pescar” uno a uno los trece participantes para el primer Mundial, pero para la cita de 1934 se inscribieron 32 países, lo que obligó a jugar por primera vez una fase de clasificación (en la que también participó Italia) para reducir los equipos a 16.
Faltó Uruguay, el defensor del título, que ni siquiera anunció su intención de participar, lo que fue tomado como una “venganza” por las ausencias europeas en 1930. Sólo Argentina y Brasil participaron por Sudamérica, aunque su presencia fue testimonial: viajaron 13.000 kilómetros y quedaron eliminadas en el primer partido a manos de Suecia y España, respectivamente.
El “Duce” Benito Mussolini, como posteriormente Hitler en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, puso todo para que fuese “el Mundial de Italia”. Primero endeudó al país hasta límites insospechados para construir tres estadios nuevos y renovar completamente otros dos.
Posteriormente, reclutó numerosos jugadores argentinos y uruguayos de elite con el pretexto de sus antepasados italianos. La vista de Mussolini se fijó principalmente en Argentina, y con métodos diversos reclutó para la “azzurra” a Luis Monti, Raimundo Orsi, Enrique Guaita y Atilio Demaría.
El caso de Monti fue paradigmático: tras fracasar en el Mundial de 1930, donde Argentina cayó en la final ante Uruguay, enviados de Mussolini le ofrecieron 50.000 dólares, un sueldo de 5.000 mensuales en un club italiano, casa y automóvil.
Para cerrar el círculo, Italia contó con extrañas ayudas arbitrales que aún hoy siguen generando polémica.
El mayor escándalo se produjo en cuartos de final, donde los “azzurri” eliminaron a España en un partido de desempate. Los españoles no pudieron contar en el segundo choque con siete jugadores titulares, lesionados por la dureza sin castigo de los italianos en el primer partido, en el que además vieron cómo el árbitro belga Baert les anuló además un gol legal.
El triunfo sobre los españoles despertó por primera vez el interés masivo del país. Hasta ese día, los protagonistas en las primeras páginas de la prensa italiana habían sido los ciclistas que competían en la edición número 22 del Giro d`Italia.
Tras dos semanas de torneo, el 10 de junio se midieron en la final de Roma Italia y la sorprendente Checoslovaquia. Mussolini estaba a un paso de su gloria, y no estaba dispuesto a dejarla escapar.
“Muchachos, ganen, si no... `crash”, fue la amenaza pronunciada por el “Duce” a sus jugadores antes de la final. Con el entrenador de la “azzurra”, Vittorio Pozzi, el “Duce” fue más explícito aún: “Que Dios lo ayude si llega a fracasar”.
Pese a la “presión”, la Italia de Orsi, Meazza y Guaita mostró un fútbol más sutil que en rondas previas y remontó con prórroga incluida el tanto de los checoslovacos para delirio de 55.000 entregados espectadores (en su mayoría trabajadores del partido fascista) en el “Stadio Nazionale del Partito Nazionale Fascista” de Roma, y sobre todo de Mussolini, que le había dado nombre también al estadio municipal de Turín.
El gol del triunfo por 2-1 lo anotó Schiavio cuando se disputaba el minuto 97, y el máximo goleador del torneo fue el checoslovaco Oldrich Nejedly, con cinco dianas, pero la gran estrella del torneo fue el ahora legendario Giuseppe Meazza.
El astro entonces del Inter de Milán y después del Milan era lo que hoy se denominaría “un todoterreno”. Mandaba, organizaba, creaba juego y anotaba goles. Su habilidad fue clave para el triunfo italiano: él anotó el tanto del triunfo ante los españoles y marcó también el gol de la victoria en semifinales frente a Austria.
El choque ante Austria adquirió una importancia especial en 1979, tras la muerte de Meazza. El partido se disputó en el lodazal en que la lluvia había convertido el estadio de Milán. Ese mismo coliseo, que comparten ambos clubes de la ciudad, fue rebautizado con su nombre tras su fallecimiento. Su grandeza y su condición de ex jugador de ambos equipos fue uno de los pocos puntos de encuentro entre “nerazzurri” y “rossoneri” en la historia.

Fuente: DPA

 


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